Por George Souvlis y Leandros Fischer
Han pasado dos años desde que el gobierno griego, compuesto por Syriza y el partido de derecha "Griegos Independientes", se doblegó ante la presión de las "instituciones" europeas, luego de un referéndum en el que una mayoría abrumadora de griegos rechazó la imposición de más medidas de austeridad por parte de la UE.
El lapso temporal desde entonces proporciona la distancia necesaria para reflexionar de manera sobria sobre la experiencia griega durante el período tumultuoso entre enero y julio de 2015, así como sobre el significado del referéndum y el registro del gobierno griego en cargo hasta la fecha. Desde la perspectiva de hoy, se puede argumentar fácilmente que el intento de Syriza de lograr un cambio real no solo fracasó estrepitosamente; También asestó un gran golpe a la credibilidad de la izquierda a escala internacional.
Sin embargo, antes de que pueda comenzar cualquier evaluación del historial de Syriza en el cargo desde el verano de 2015, es importante narrar algunos de los hechos como tales. En otras palabras, utilizar el método marxista clásico de verificación cruzada de los discursos públicos con la realidad histórica. Al hacerlo, deseamos dar una visión general de los factores que llevan al retiro estratégico de Syriza. Rechazamos la noción moralista de una "traición" por parte del liderazgo de Syriza, argumentando en cambio que las raíces de la trayectoria posterior del partido se encuentran en las debilidades estructurales de la estrategia general del partido en los años que precedieron a la asunción del cargo por Alexis Tsipras. Preguntamos si, incluso en el último momento antes de la capitulación a los términos de los acreedores, existían las condiciones objetivas para un camino alternativo.
EL PRIMER PERÍODO DE GOBERNANZA
Syriza asumió el cargo en enero de 2015, después de un tiempo de ser el mayor partido de oposición del país desde el colapso casi total de PASOK en las elecciones de 2012. Por razones analíticas, denominaremos el período posterior a la asunción del cargo como "el período de negociaciones". Durante estos meses, Syriza, con el ministro de Finanzas Yiannis Varoufakis a la cabeza del equipo de negociaciones, intentó alcanzar un acuerdo 'justo’ con la Troika, compuesta por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. La lógica detrás de este intento fue que las "Instituciones" inevitablemente estarían de acuerdo con las sugerencias de Grecia, ya que, de lo contrario, se arriesgarían a provocar un colapso de toda la estructura europea. Esta ilusión fue promovida por individuos del círculo íntimo de Tsipras, e incluso por Varoufakis, cuya postura temprana de negociación se basó en la idea de que los negociantes "actuarían racionalmente", reconociendo que el acuerdo de austeridad anterior alcanzado con Nueva Democracia era imposible de implementar, y de esta manera llegar a un convenio.
Ya en febrero, el gobierno griego hizo concesiones al llegar a un acuerdo para resolver el impasse sobre su rescate de € 240bn (£ 177). Este fue un movimiento táctico de Syriza, que sin duda dejó al descubierto que su estrategia estaba basada en la idea de permanecer dentro de la UE, pero sobre la base de un acuerdo no tan desastroso como los firmados por los gobiernos anteriores. El culpable obvio en esta etapa fue Yianis Varoufakis, quien como ministro de finanzas promocionó el acuerdo como un paso positivo hacia un trato justo.
A medida que pasaban los meses, se hacía cada vez más claro que esta estrategia carecía de cualquier posibilidad realista de éxito. No obstante, Syriza enfatizó que no tenía ningún deseo de embarcarse en una confrontación directa con la UE, ni de elaborar ningún modelo económico alternativo que esa confrontación inevitablemente requeriría. La imposibilidad de un entendimiento se hizo evidente a fines de abril, cuando Tsipras reemplazó a Varoufakis con Euclid Tsakalotos, el actual ministro de finanzas, como jefe del equipo negociador. La estrategia de "convencer a los europeos" se echó por la borda en ese momento. Desde entonces Tsipras había decidido llegar a un acuerdo con los acreedores. El ulterior plebiscito fue una medida en la que Tsipras se embarcó con pleno conocimiento de que planeaba un eventual compromiso que sería desventajoso para los intereses de la clase trabajadora. Sin embargo, es muy probable que Tsipras decidiera seguir adelante con el plebiscito, creyendo que una derrota en éste haría más fácil retroceder en las promesas de "romper los memorandos", o bien permitiría a Syriza renunciar a la dirección política del país. En cualquier caso, la única explicación plausible para el actuar de Tsipras es que el plebiscito no fue organizado para ser ganado. Contra esta expectativa, los griegos le otorgaron al “OXI” (“No”) un voto rotundo. Sin embargo, y ante el chantaje de las "instituciones", el gobierno liderado por Syriza capituló rápidamente justo después. Esta trayectoria de acontecimientos ha sido presentada como inevitable. Sin embargo, los procesos históricos comprenden varias posibilidades y momentos de cambio coyunturales, y ciertos eventos están en gran medida determinados por la voluntad humana.
¿Qué habría pasado si los eventos en el verano de 2015 hubiesen tomado un curso distinto? Varias cosas, creemos. No obstante, concentrémonos en el hecho más elemental y obvio: Syriza como proyecto político hubiera evolucionado de una manera completamente diferente si hubiera elaborado un Plan B serio. ¿Podría haber ocurrido esto dentro de unos pocos meses? Posiblemente sí, aunque no con los mejores resultados. No olvidemos que Syriza había sido oposición desde 2012, y desde entonces casi todos los miembros del partido se habían dado cuenta de la fuerte probabilidad de formar gobierno. En lugar de preparar planes alternativos en caso de que fallara el Plan A (derrocar los memorandos al tiempo de permanecer en la zona del euro), una mayoría de actores políticos influyentes dentro de Syriza desgastó sus energías en luchas fraccionales para ponerse a sí mismos en posiciones de poder favorables tanto al interior del partido, como dentro de la futura estructura gubernamental.
Una consecuencia ejemplar de este lento faccionalismo es el fracaso de mantener un debate público dentro del partido, sus organizaciones locales y la sociedad griega en general para formular conjuntamente un plan alternativo, que pudiera servir como un Plan B efectivo, aunque no sea perfecto. La minoría de la Plataforma de Izquierda, que favorecía un Grexit, en parte (aunque no de igual forma) compartía la responsabilidad de esta inacción. Las ideas desarrolladas por algunos de sus miembros, y el debate limitado que se desarrolló dentro de sus filas, nunca se extendieron a un debate más amplio abierto al público. Las experiencias relativamente recientes de los países latinoamericanos, que podrían haber servido de fuente de inspiración y proceso de reflexión, no se tuvieron en cuenta, no fueron discutidas seriamente, y ningún esfuerzo se hizo para construir solidaridad con los movimientos y gobiernos progresistas en el Sur global. Aquí, la solidaridad podría significar la creación de vínculos de financiación, aprovechando los conocimientos tecnocráticos de los ministros de finanzas de esos países, y actos simbólicos de solidaridad. En cambio, los líderes de la Plataforma de Izquierda fueron absorbidos durante el período entre enero y julio (e incluso antes, durante los tres años previos), tratando de ubicarse en una mejor posición dentro del aparato del partido y dirigiendo su lucha contra el curso de Tsipras desde un ángulo puramente programático.
Dejando a un lado la solución Grexit, la cual es apoyada por una minoría, la pregunta es: ¿Syriza en conjunto preparó algún programa alternativo en pos de reformas institucionales durante su tiempo como oposición? No, en absoluto. Si bien los problemas específicos con respecto a las instituciones públicas en Grecia eran omnipresentes, no hubo un plan específico o intento de reformarlas hacia una dirección progresista.
Un error adicional cometido por Syriza fue el cambio de enfoque estratégico desde los movimientos sociales a la lógica de la política electoral, después de años de protestas contra los gobiernos que implementaron medidas de austeridad. Esto sucedió mientras a figuras del movimiento se les asignaron puestos oficiales en la oposición parlamentaria, o se incorporaron al estado como asesores después de enero de 2015. La suposición principal aquí era que cuanto antes alcanzara Syriza al umbral del gobierno, más pronto eclipsaría la necesidad de movilización a gran escala.
Desde 2012, cuando el partido surgió como la principal oposición en el parlamento, no había habido ningún esfuerzo sistemático para transformar las diversas movilizaciones contra la austeridad en un estado permanente de emergencia movimientista. La respuesta del partido después de 2015 a todos los esfuerzos que se organizaron desde abajo, fue evitar desestabilizar la nave gubernamental del "business as usual". El cenit de este proceso se puede ver en la ruptura de filas con la movilización que en junio de 2013 se opuso a la decisión del gobierno conservador de Nueva Democracia de cerrar la emisora estatal ERT como parte de los recortes de austeridad. El personal respondió a la decisión del gobierno ocupando el edificio y administrando ERT ellos mismos sin cobrar dinero. Estaban comprometidos con la difusión creativa y con el control de los trabajadores en el proceso de producción. Sin embargo, cuando ERT se relanzó bajo el gobierno liderado por Syriza, ¿qué pasó con su promesa de reconstituir la emisora? Helena Sheehan señala en su reciente estudio sobre Syriza, La Ola de Syriza, que “en el gobierno, en lugar de reafirmar y construir sobre lo que esta lucha popular había logrado, (Syriza) ignoró la demanda popular de un nuevo modelo de emisión radial pública, basado en la programación crítica y creativa y la autogestión de los trabajadores. En lugar de ello restablecieron el orden anterior y la gestión jerárquica. En lugar de una emisora pública, ERT se convirtió en una emisora del gobierno, como lo había sido anteriormente, excepto que ahora era Syriza el gobierno cuya línea era privilegiada". Syriza consideró que asumir el cargo era la única y exclusiva solución para todos los males que la sociedad griega venía enfrentando lo largo de los años de crisis. Naturalmente, esta mentalidad dominó el enfoque de Syriza después de conseguir el poder en 2015.
Todo el proceso de negociaciones se delegó a un inexplicablemente pequeño equipo, cuyos integrantes se presentaron como los "expertos" capaces de resolver el problema griego, y quienes llevaron a cabo negociaciones de manera no transparente. Desde el principio fue evidente que no había ningún deseo por parte de los acreedores de discutir seriamente las propuestas presentadas por Varoufakis durante las negociaciones. Un plebiscito en estas circunstancias, en las que el estado griego todavía no estaba completamente en bancarrota como lo estaría en julio, habría sido un camino ideal a seguir, en la medida en que todavía hubiera habido una posibilidad para luchar en mejores condiciones, sin el peso del "retiro táctico" del 20 de febrero, mientras se movilizaran los estratos populares para la confrontación que se avecinaba. En cambio, el plebiscito se llevó a cabo en un momento en que el estado estaba completamente paralizado, con mucho menos espacio de maniobra.
¿Se pueden explicar estos acontecimientos únicamente en lo relativo a la falta de experiencia por parte de los ministros y negociadores de Syriza? La respuesta es simplemente no. Los eventos, tal como se desarrollaron después del plebiscito, no fueron accidentales, sino que estaban relacionados con otra debilidad, lo cual formó una doble característica estructural de Syriza: la falta de democracia interna del partido, combinada con una falta de arraigo firme dentro de la clase trabajadora griega. Desde las elecciones de 2012 y el aumento en el apoyo electoral de Syriza, hubo una creciente concentración de poder en los niveles superiores de la jerarquía del partido, junto con una parálisis de los mecanismos democráticos dentro del mismo. La lógica de esta degeneración de la democracia fue la idea de que la salvación del país podría lograrse mediante un pequeño equipo para la toma de decisiones centrado alrededor del líder del partido Alexis Tsipras.
Esta degeneración de la democracia culminó con la decisión de Tsipras de ignorar la declaración emitida por el Comité Central del partido el 15 de julio, después del acuerdo, en el que 109 de sus 201 miembros tomaron una posición contra el gobierno griego y los acreedores europeos, calificando el acuerdo como "un nuevo memorando con términos onerosos y humillantes ”. La declaración se produjo cuando Tsipras estaba presionando al parlamento a satisfacer el ultimátum establecido por las autoridades europeas para legislar los componentes básicos de las últimas medidas drásticas de austeridad. Los 109 miembros del Comité Central pidieron al gobierno "no sucumbir a los ultimátum extorsivos de los acreedores", y advirtieron que el acuerdo "no es compatible con las ideas y los principios de la izquierda". La declaración también exigió una reunión inmediata del Comité Central para evaluar el acuerdo que Tsipras trajo de la reunión con la Unión Europea. Tsipras había prometido previamente llevar a cabo una discusión en el Comité Central sobre cualquier acuerdo antes de una votación parlamentaria. La Secretaría Política más pequeña de Syriza votó anteriormente por unanimidad para que se convocara una reunión del Comité Central. Y sin embargo, esta reunión nunca tuvo lugar. Además de esto, Tsipras renunció a su promesa de celebrar una conferencia de partido y participar en nuevas elecciones, en las que Syriza se presentaría sobre la base de las decisiones tomadas por una conferencia de partido, y no sobre la base del Tercer Memorándum.
Syriza tampoco realizó un esfuerzo sistemático serio para reclutar nuevos miembros en sus filas, algo aparente en el estancamiento relativo de la membresía total del partido entre las elecciones de 2012 y 2015, en comparación con el aumento de su apoyo electoral. La pequeña cantidad de miembros del partido y la falta de personal especializado fueron factores determinantes en la forma en que resultaron las cosas. Esto dejó el partido con una elección entre Escila y Caribdis. Por un lado, los pocos miembros con habilidades especializadas pertenecientes al partido debían ser utilizados, porque de lo contrario los ministerios y otras instituciones nacionales permanecerían firmemente en manos del personal asociado con las administraciones neoliberales anteriores. Por otro lado, el hecho de que estos miembros fueran utilizados significaba que el partido era inevitablemente absorbido por el aparato estatal.
Esto no se debe ser interpretado como una insinuación de que Syriza carecía de legitimidad popular. Por el contrario, la legitimidad del gobierno fue afirmada por los grandes números de personas, casi medio millón, que se presentaron en la principal manifestación "OXI" (“No”) en la Plaza Syntagma el 3 de julio (a pesar de ser un acontecimiento espontáneo, no organizado por Syriza ni por ningún otro partido de izquierda). Syriza extrajo su poder de los movimientos y de la gente de las plazas que habían surgido desde el estallido de la crisis. Sin embargo, no hizo ningún intento serio de estabilizar y expandir esta dinámica a los espacios de trabajo y vecindarios, que podrían funcionar como localidades de resistencia en una posible confrontación con la UE. En otras palabras, el enfoque después de 2012 se dirigió cada vez más a la administración del poder parlamentario en lugar de a la expansión del poder presente en las bases de la sociedad.
EL PLEBISCITO
El 5 de julio, el día en que el pueblo griego votó, contra todo pronóstico, en oposición a la Europa neoliberal, puede definirse fácilmente como un "evento transformador" en el sentido que pretendía el politólogo William Sewell. Fue un momento coyuntural que aceleró el impulso histórico y ofreció la oportunidad de tomar la historia bajo el control del pueblo. También fue una experiencia decisiva y subjetivamente formativa para sus participantes. A pesar del acoso por parte de los principales medios de comunicación y la UE, y su alarmismo de que una posible votación OXI (“No”) señalaría la perdición del país, a pesar de la decisión del Banco Central Europeo de limitar la liquidez a los bancos griegos, a pesar de la pobreza que muchos griegos estaban experimentando (y que todavía experimentan), el pueblo griego rechazó enfáticamente las políticas de austeridad de la UE. Este momento definitorio para la historia griega moderna abrió una gama completa de posibilidades. Este fue el punto culminante de un proceso histórico, una secuencia de luchas en la que las masas habían sido politizadas.
Contrariamente a la narrativa difundida por Syriza, el pueblo griego estaba listo para una confrontación con la UE, sin importar cuán incierto fuera el resultado. Lo que estaba en juego se había dejado en claro por el cierre de los bancos y el alarmismo de la clase dominante, y sin embargo, miles se habían reunido por el OXI (“No”) en uno de los eventos públicos más grandes de la historia griega moderna. En contraste, la concentración del NAI ("Sí") dos días antes atrajo a una multitud mucho más pequeña. La gran responsabilidad personal de Alexis Tsipras reside exactamente en ese punto en el tiempo, que interrumpió el impulso político: la firma de un acuerdo de capitulación, que presentó como la única opción realista. La consecuencia fue un cambio brusco de un estado de ánimo de que todo es posible, a la restauración de aquel conocido principio capitalista-realista: el “No hay alternativa” de Thatcher. Este cambio de sentido transformó todo el clima político, demostrando a los griegos comunes que la historia había cesado. Lo que Fukuyuma había celebrado como el final de la historia durante el colapso de la URSS, Tsipras lo hizo realidad al legitimar e institucionalizar un círculo vicioso de austeridad permanente. Una vez más, la política parecía completamente irrelevante para la vida cotidiana de las personas. Esto trajo consigo un estado de desmovilización relativa, que efectivamente bloqueó las posibilidades de cualquier lucha por cambio social en el futuro inmediato. El impacto no se limitó a Grecia. Los resultados electorales en España el año pasado son un buen indicador de la réplica de los acontecimientos en Grecia. Toda la campaña electoral del Partido Popular se basó en usar a Grecia como una razón para no votar por Podemos, no sea que España termine en la misma situación.
¿Podría Tsipras haber actuado de otra manera? La respuesta, una vez más, es sí: incluso en el último momento. Lo más radical que se pudo haber hecho en esa etapa hubiera sido implementar la moneda de emergencia paralela de Varoufakis para tratar el problema apremiante de la liquidez. La otra opción habría sido firmar un memorando, declarar el fracaso de la estrategia seguida desde enero de 2015 y celebrar la conferencia del partido programada, donde se hubiese discutido un programa electoral que hablase abiertamente sobre un posible Grexit. Proceder de tal manera habría preservado la unidad del partido, a la vez de demostrar un nivel mínimo de dignidad en nombre de Syriza. También habría impedido una completa deslegitimación de la izquierda como fuerza política, tanto dentro como fuera de Grecia.
Sin embargo, Tsipras no hizo nada de esto. La minoría de izquierda dentro del partido se retiró debidamente, tras el desafío del líder a la decisión democrática del partido de celebrar una conferencia después del acuerdo. En lugar de ello, Syriza participó en las elecciones de septiembre como un partido dividido, presentando un programa delirante que prometía soluciones inmediatas a la cuestión de la deuda griega, junto con medidas de asistencia social para contrarrestar la austeridad exigida por la Troika.
Los muy promocionados planes de Syriza para lidiar con la deuda no se han cumplido. El 4 de abril de 2015 se estableció un Comité de la Verdad sobre la Deuda Pública, por iniciativa de la entonces Presidenta del Parlamento Helénico, Zoe Konstantopoulou. El Comité concluyó que la deuda era ilegal, insostenible e infame, ya que los acreedores habían sobrepasado sus atribuciones para otorgar los préstamos y habían violado los derechos y obligaciones consagrados en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Se debía repudiar y suspender los pagos. Pero Tsipras abolió el Comité en septiembre de 2015. De acuerdo con el marco establecido, la deuda de Grecia se considerará sostenible siempre que el costo total de su mantención (intereses y capital) no exceda el 15% del PIB anual. Es posible que se ofrezca asistencia a Grecia para lograr esta "sostenibilidad" extendiendo el plazo de algunos de los préstamos existentes y reduciendo los intereses. Esto es lo mejor que Grecia puede esperar de sus "socios" en la UE.
Con respecto a las promesas de prestaciones sociales, la Troika consideraba que la mayoría de ellas eran contrarias a los acuerdos ya firmados. De este modo, Syriza ganó las elecciones con promesas poco realistas y con un electorado desorientado por el vertiginoso crescendo de eventos que se extendieron desde el referéndum victorioso hasta las elecciones.
DE UN MEMORANDO A UN MEMORANDO, UN CÍRCULO VICIOSO SIN FIN
Los acontecimientos en los últimos dos años en Grecia pueden ser resumidos como una continuación de la misma intensidad de austeridad, pero sin un sujeto político dentro o fuera del parlamento capaz de desafiar sustancialmente el orden neoliberal impuesto por la UE. Syriza aprobó un nuevo memorando en mayo, en medio de un acalorado debate en el parlamento. El cuarto memorando incorpora una serie de estrictas medidas de austeridad, tales como reducir las pensiones e imponer impuestos para asegurar un 3,5% de excedentes primarios por año hasta 2022. También se acordaron excedentes de 2% por año para el período posterior y hasta 2060. Para esto, el gobierno griego no ha recibido absolutamente ninguna concesión en el tema de la deuda, y es muy poco probable que reciba alguna en el futuro.
En el plano social, Syriza se ha desconectado de todos los movimientos sociales que contribuyeron a su auge durante el período 2010-2015. El partido se ha transformado en una organización empresarial del poder estatal, cuyo objetivo principal es su propia preservación, mientras que ignora las demandas sociales desde abajo. Ha sido absorbido por el orden político establecido al que estaba destinado a desafiar.
¿Cómo puede explicarse esta transformación en el partido? Primero, después de la división en agosto de 2015, el partido perdió sus elementos políticos más dinámicos y las conexiones que tuvo con los movimientos sociales. A pesar de las terribles circunstancias, algunos miembros genuinamente afiliados con los movimientos que se mantuvieron dentro del partido, creían que la situación política mostraría al menos algunos signos de mejora en comparación con el tiempo de los gobiernos designados por la Troika. Este no era el caso. No pudo suceder porque esto se extendió más allá de las limitaciones estructurales impuestas por la Troika y aceptadas por el gobierno. Estas limitaciones han sido utilizadas por el partido desde entonces como la principal coartada política para explicar todas sus deficiencias, inercia y errores. El liderazgo de Syriza había creído que el país podía cambiar si continuaba actuando como lo hicieron los gobiernos anteriores en los años anteriores a la crisis, es decir, gobernando por consenso, dejando a todos satisfechos, y cuidándose de plantear cualquier tipo de confrontación con ningún grupo social, especialmente con las clases altas, aunque la situación claramente exigia al menos algunos rudimentos de una confrontación seria. No es suficiente culpar al gobierno de la Troika por los últimos dos años; Ha habido una falta de voluntad política por parte de Syriza para desafiar el status quo.
Por ejemplo, Syriza hizo poco para frenar la influencia de la Iglesia en la política griega. Por el contrario, su liderazgo consintió en el papel político de esta última. Un ejemplo fue la decisión del gobierno de no incluir a Nikos Filis en el gobierno, luego de una reorganización del gabinete en noviembre pasado. Filis fue el ex ministro de educación y asuntos religiosos, un antiguo miembro de la izquierda reformista y, hasta hace poco, el director del periódico diario Syriza, Avgi. Su nombramiento en el nuevo gabinete fue bloqueado por la intervención del Arzobispo Ieronymos, el jefe de la Iglesia, debido a los esfuerzos del ex ministro por reformar la educación religiosa, convirtiendo lo que esencialmente había sido una clase de catecismo en el estudio de la religión comparativa. Dado este retroceso tímido, no es difícil adivinar cuál será la posición práctica de Syriza en relación con la cuestión más estructural de la separación de la iglesia y el estado, o el tema de fiscalizar las vastas riquezas de la Iglesia.
DEJANDO EL DEEP STATE INTACTO
A pesar del espantoso retiro de Syriza después del resultado del referéndum, un aspecto de su actual posición se hizo evidente incluso antes de que el partido asumiera el cargo en 2015. A pesar de todo su discurso "anti-austeridad" y a favor de "destrozar los memorandos", el grupo alrededor de Tsipras después de 2012 no tardó en tranquilizar a los poderes dentro y fuera de Grecia, de que un gobierno dirigido por Syriza acataría las reglas del juego y no perturbaría el núcleo del estado capitalista. Las reglas del juego en este caso son dobles. Consisten, por una parte, en los intereses a corto, mediano y largo plazo del capitalismo griego, y, por otra, en los intereses del estado griego.
Al designar al ferviente nacionalista y teórico de la conspiración "Grecia Independiente" Panos Kammenos como ministro de defensa, Tsipras prolongó la tendencia nacionalista que caracterizó a la política griega en los gobiernos anteriores de PASOK y Nueva Democracia. Si bien algunos partidarios de Syriza sugirieron que colocar a Kammenos en este puesto eventualmente lo "neutralizaría", esto estaba lejos de ser el caso. Por el contrario, Kammenos y sus payasadas beligerantes, volar con equipo de combate a bordo de helicópteros militares sobre las disputadas islas de roca en el mar Egeo, por ejemplo, han contribuido a aumentar las tensiones con la vecina Turquía, donde cada una de las declaraciones de Kammenos se acogen como una calurosa validación de la retórica nacionalista de Erdogan. Dado que ambos países estuvieron a punto de ir a la guerra por la demarcación de sus fronteras marítimas en 1996 - Grecia quiere extender sus aguas territoriales en 12 millas marinas, bloqueando efectivamente el acceso turco al Egeo - el papel de Kammenos en este caso debe tomarse muy en serio. El presupuesto de defensa de Grecia, aunque fuera del alcance de la jurisdicción de la Troika, se mantiene en niveles excepcionalmente altos. El volumen del gasto en armas incluso ha aumentado bajo Syriza en un 10% durante el periodo 2015-2016, hasta un total de 5 mil millones de euros.
Una desilusión mucho mayor ha sido la política exterior y regional de Syriza. A pesar de las promesas electorales de poner fin a la cooperación militar con Israel, Tsipras mantuvo e incluso amplió esta cooperación. Tsipras se ha referido a Jerusalén como "la capital de Israel", algo que ni siquiera los Estados Unidos se han atrevido a hacer y, obviamente, una bofetada a millones de griegos en solidaridad con la causa palestina. El arquitecto de la política exterior de Syriza, el ministro de relaciones exteriores "nacionalista de izquierda" Nikos Kotzias, es un verdadero practicante de la realpolitik de Henry Kissinger, construyendo alianzas estratégicas con el estado de Israel, la junta egipcia y cualquier otro jugador regional que se perciba como contra Turquía, sin importar cuán vicioso y despiadado sea. Recientemente, la interferencia de Kotzias en las negociaciones en curso sobre el destino de Chipre fue dictada por una línea dura sin ninguna propuesta realista y guiada por la visión regional mencionada anteriormente de "contener a Turquía", fortaleciendo así la mano de los elementos chovinistas en la isla.
El historial de Syriza en temas de defensa y política exterior debe ser una advertencia para aquellos que creen que la izquierda puede construir una hegemonía social al centrarse estrechamente en la "austeridad" y el "uno por ciento", mientras que al mismo tiempo descuidando la problemática central del estado y su relativa autonomía, particularmente evidente en el campo de las relaciones exteriores. De hecho, los giros en U de Syriza, tanto en política nacional como exterior, están estrechamente relacionados; al evitar la necesaria confrontación con el poder económico del capitalismo griego - que puso a prueba sus músculos durante la semana anterior al plebiscito, como lo demuestra el cierre de los bancos -, era solo una cuestión de tiempo antes de que Syriza se sometiera totalmente a sus intereses geopolíticos.
MANTENER LA REPRESIÓN POLICIAL Y A LOS REFUGIADOS CHIVOS EXPIATORIOS
El otro aspecto de la elusión de Syriza de cualquier confrontación con el “deep state” [Nota de los traductores: es decir, las redes coordinadas de poder que abarcan a militares e integrantes de los servicios de seguridad, la burocracia, la judicatura, las élites económicas, organizaciones criminales, etc.] consiste en su actitud hacia las estructuras de la policía. Estas siguen siendo un enclave conservador a pesar de las declaraciones de que sería reformada. Las actitudes xenófobas dentro del aparato de seguridad siguen siendo rampantes, y en demasiados casos se ha demostrado su cooperación con la extrema derecha.
Si bien Syriza no ha tomado medidas para reestructurar a la policía, ha utilizado fuerzas de seguridad para reprimir los movimientos de base en apoyo de los refugiados. El pasado julio de 2016, familias de refugiados y simpatizantes que dormían en los tres refugios ocupados de Thessaloniki, Nikos, Orfanotrofeio y Hurriya, fueron despertadas por la policía con equipos antidisturbios. En una operación policial bien orquestada, cientos de personas fueron detenidas. La mayoría de los ocupantes con estatus de refugiado fueron liberados, mientras que algunos fueron transportados a centros de recepción de refugiados manejados por militares. El resto de los ocupantes, 74 personas de más de una docena de nacionalidades diferentes, fueron puestos bajo custodia policial. Similares redadas policiales ocurrieron también el pasado marzo en Atenas. La policía allanó ocupaciones en el centro de Atenas, reclamando propiedades y deteniendo a decenas de inmigrantes indocumentados. En la primera incursión, los oficiales ingresaron a un edificio en la calle Alkiviadou que ha estado ocupado desde febrero. Trasladaron a 120 migrantes de las instalaciones a la Oficina de Extranjería en la calle Petrou Ralli. Posteriormente, la policía allanó un edificio en Zografou que ha sido ocupado por miembros de grupos antiautoritarios desde 2012.
La represión de los movimientos de solidaridad con los refugiados se complementa con el duro trato que el gobierno les dio a los propios refugiados. A pesar de las promesas de lo contrario, los infames centros de detención de migrantes griegos siguen existiendo, mientras que la grave negligencia del gobierno hacia el bienestar de los refugiados ha sido la principal causa de las muertes durante las fuertes tormentas de nieve el pasado invierno en instalaciones para refugiados como el "punto de acceso" de Moria.
Por último, pero no menos importante, está el vergonzoso acuerdo que el partido firmó con el estado turco, que está inscrito dentro del marco legal general que la Unión Europea ha adoptado para manejar la crisis de refugiados. El 18 de marzo de 2016, los legisladores griegos aprobaron una ley de enmienda de asilo necesaria para la implementación del acuerdo de la Unión Europea con Turquía que exige el regreso de los refugiados y migrantes de las islas griegas a Turquía. El acuerdo pretendía bloquear la llegada de más refugiados y otros migrantes a Europa después de que más de un millón de personas hubieran cruzado el continente en 2015. ¿Cuál es el impacto de este acuerdo apenas un año después? Como Dimitris Christopoulos, presidente de La Federación Internacional por el Derecho Humano, argumenta en una entrevista reciente:
“El mensaje enviado por el acuerdo está contaminando a todos. Nos contamina porque nos acostumbramos a legitimar la xenofobia. Es un mensaje inhumano para los refugiados y los migrantes que se encuentran viviendo en una zona de amortiguamiento. Es extremadamente problemático para la cohesión social de la misma zona de amortiguación, que es Grecia y Turquía. Es perjudicial para Turquía porque compra el silencio europeo (para sus líderes) mientras realiza su giro autoritario.
El enfoque de Syriza hacia los refugiados no solo está lejos de cualquier marco humanitario liberal, sino que además legitima y corrobora los discursos y prácticas de la extrema derecha sobre la crisis de refugiados.”
LAS LECCIONES PARA LA IZQUIERDA
La trayectoria de Syriza no es simplemente una de "capitulación ante la Troika", sino el resultado de su problemática aproximación política al estado capitalista. Ilustrar el linaje ideológico de este paradigma está más allá del alcance de este artículo. No obstante, dos de sus componentes pueden mencionarse brevemente. Uno se refiere al elemento bien conocido de un "europeismo de izquierda", es decir, la idea de que las instituciones antidemocráticas de la UE pueden ser reformadas de alguna manera desde la izquierda. La otra concuerda con la idea relacionada del estado mismo como un campo de batalla que refleja el equilibrio de las fuerzas de clase en la sociedad. Hay varias lecturas de esta idea, y sin duda se pueden sacar conclusiones radicales de ella. Sin embargo, la lectura por parte del liderazgo de Syriza estuvo obviamente guiada por un error de cálculo del equilibrio político de las fuerzas de clase, no sólo al interior de la sociedad griega, sino también dentro de la Europa pos-2008.
El desfavorable equilibrio de fuerzas en el continente se hizo evidente desde que Syriza asumió el cargo en enero de 2015. Si bien es cierto que el gobierno se enfrentó a un ataque sin precedentes por parte de los principales instrumentos del capitalismo global, como las instituciones europeas y el FMI, su giro hacia la derecha en muchos asuntos, la política exterior, el aparato represivo del estado, las relaciones del estado con la Iglesia y la cuestión de los refugiados, no fueron condicionados por la Troika, sino por su adaptación a las estructuras del capitalismo griego con todas sus "características especiales", las "disputas nacionales” con la clase dominante turca, el carácter clientelista de la política electoralista griega, el discurso de “reconciliación nacional” que prevalece después de la caída de la dictadura, y el racismo estructural del estado hacia los inmigrantes y refugiados, por mencionar solo algunos.
El giro de Syriza hacia la derecha en varios asuntos se hizo cada vez más evidente después de 2012. Aunque es tentador hablar de "traición", la verdad es mucho más complicada. Es más exacto hablar de una gran discrepancia entre las expectativas y las disposiciones radicales de millones de griegos comunes, por un lado, y los reales cambios tácticos y eventualmente estratégicos del liderazgo del partido, por el otro.
El ascenso de Syriza fue producto del mayor nivel de movilización social en Grecia después de la caída de la dictadura del coronel en 1974. El aumento en la actividad de las masas entre 2010 y 2015 correspondió a un aumento en su confianza en sí mismos, algo que se mostró mucho más adecuadamente en el período previo al plebiscito, cuando la perspectiva de una ruptura más profunda y sustancial se hacía más visible hora tras hora. Sin embargo, las limitaciones estructurales de Syriza como proyecto político, así como el partido parlamentario real existente, al fin de cuentas impidieron cualquier cambio significativo.
Se puede argumentar que la convergencia más estrecha entre las expectativas de los movimientos, por un lado, y el ámbito de la estrategia del partido, por el otro, se reflejó en el eslogan de 2012 de un “gobierno de la izquierda”, compuesto por Syriza, el Partido Comunista y la coalición radical de izquierda ANTARSYA. Sin embargo, el rechazo de la propuesta de Syriza por parte de las otras dos fuerzas aceleró el giro hacia la derecha, así como la incorporación de los peores hábitos clientelistas del electoralismo griego, ejemplificados por la inclusión de políticos carreristas del PASOK en desgracia en las listas electorales. La nueva línea de pensamiento se hizo más fácil por la falta de democracia interna del partido, la fijación con el papel de Alexis Tsipras como un líder modelo “populista” que incorpora la voluntad popular, y la consiguiente maniobra y aislamiento de la izquierda radical dentro del partido. La coalición con los “Griegos Independientes”, así como la firma el acuerdo de febrero por Yiannis Varoufakis fueron la consecuencia casi lógica de este curso, cuyo mensaje clave fue que Syriza no alteraría las “reglas del juego” generales.
Considerando estos desarrollos, vale la pena preguntarse cómo Syriza sigue siendo un actor relevante en el sistema político del país. La primera explicación es estructural y debe leerse en conjunto con la reconfiguración del sistema político griego como tal. La pérdida de soberanía que conlleva el memorando ha neutralizado el papel de los partidos políticos en Grecia, lo que los convierte en organizaciones que implementan decisiones tomadas por otros. Esto ha producido la desconexión de las personas de la política, ya que su voto no tiene impacto en la formulación de políticas. Nueva Democracia no puede ofrecer una alternativa real, ya que la política está dictada por los acuerdos ya firmados. Lo mismo ocurre con cualquier otro partido con posibilidades de gobernar.
También hay un factor subjetivo. Esto se refiere a una forma de hegemonía interna que Syriza ha construido al abrazar enérgicamente el status quo político y social del país, con pequeñas concesiones a la clase trabajadora. Con su estrategia actual, Syriza ha asegurado un orden hegemónico que permite su reproducción política. Se puede resumir en las siguientes realidades: a) permanecer en la zona euro y en la UE en general, garantizando así los intereses clave del capital griego; b) mantener un equilibrio efectivo entre los intereses estadounidenses (geopolíticos), europeos (deuda y refugiados) y chinos (proyectos de privatización como el puerto de El Pireo) dentro de la región mediterránea en general; c) el clientelismo en el sector público al no despedir personal (como Nueva Democracia ha prometido hacerlo), incluso si las políticas implementadas reducen los ingresos de los trabajadores del sector público; d) hacer frente a la pobreza mediante la provisión de los estratos más bajos de la sociedad a través de medidas que impiden su descenso a la indigencia absoluta. En otras palabras, Syriza ha sobrevivido hasta ahora abrazando o modificando el status quo.
El intento de Syriza de construir puentes con el status quo existente y con las redes de poder en Grecia, a través de algunas figuras específicas pertenecientes al grupo dirigente en torno a Tspiras, como Giannis Dragasakis y Nikos Pappas, en combinación con su base movimientista y activistas anti-austeridad en sus filas, le dio al partido un contenido contradictorio en el período entre 2012 y 2015. Tras el acuerdo del 15 de julio, se eliminó el segundo componente en juego; o en otras palabras: los vínculos entre el partido y la sociedad se disolvieron por completo y la presión tanto desde dentro del partido como desde la sociedad dejó de existir. Syriza sin un sólido programa de reformas fue absorbido por el status quo existente. Así, el factor crucial, más allá de la austeridad más obvia dictada por el memorando firmado, es la transformación del partido en una organización autónoma de la esfera social. Las causas de esta adaptación deben buscarse en la disyunción estructural de Syriza de las fuerzas que han de rendir cuentas por el surgimiento del partido.
La izquierda radical en Grecia todavía está experimentando las consecuencias de la retirada de Syriza. Su unidad es el primer paso para cualquier estrategia victoriosa en el futuro. A pesar de, o debido a su trágico destino, Syriza puede funcionar como un caso ejemplar de lo que debería evitarse a toda costa para que un proyecto de izquierda sea exitoso en medio de este mundo de profundización de la crisis capitalista. También puede servir como un caso de libro de texto sobre las limitaciones estructurales que cualquier futura formación "populista de izquierda" tendrá que enfrentar si asume la responsabilidad de administrar el estado capitalista. Estas limitaciones no deben tomarse a la ligera. No solo deben confrontarse las instituciones supranacionales como la UE, sino también las relaciones internas de poder dentro de cada país. No existe una receta general para el problema de la izquierda que fuera aplicable a cada país y contexto. Cada formación nacional tiene sus propios problemas específicos que deben tenerse en cuenta. Esto, por supuesto, no devalúa el papel crucial que puede y debe desempeñar un importante movimiento de solidaridad que se extiende más allá de las fronteras del estado nacional. Lo más importante es que la izquierda después de Syriza debe resistir cualquier ilusión relacionada con la "racionalidad" de sus oponentes, así como su "sentido de justicia". Este camino ha sido probado; No hay una manera fácil que evite la necesidad de confrontar al orden establecido. Manolis Anagnostakis lo pone acertadamente en su poema, 'Epílogo',
Y no ilusiones, ante todo.
Como mucho, considerarlas como dos proyecciones
borrosas en medio de la neblina
Como una tarjeta a amigos que faltan con una única
palabra: Vivo.
«Porque», como muy correctamente dijo también una vez mi
amigo Titos,
«Ningún verso hoy moviliza las masas
Ningún verso hoy derroca regímenes».
Digamos que es así.
Discapacitado, muestra tus manos. Juzga para ser juzgado.
Nos gustaría agradecer a nuestros compañeros y colegas (Katerina Sergidou, Andreas Karitzis, Dimosthenis Papadatos, Loukia Kotronaki, Yiannos Giannopoulos, Petros Stavrou y Richard Seymour) por sus comentarios tan útiles, sin los cuales el texto sería completamente diferente.
George Souvlis se encuentra realizado un doctorado en historia en el Instituto Universitario Europeo de Florencia y es escritor independiente para varias revistas progresistas, como Salvage, Jacobin , ROAR y Lefteast. Leandros Fischer es actualmente investigador asociado en la Universidad de Tecnología de Chipre. Ha escrito su tesis doctoral sobre la actitud de Die Linke con respecto a la cuestión de Palestina.
Artículo original "How Syriza Stopped Worrying and Learned to Love the Status Quo" publicado en Salvage Quarterly http://salvage.zone/online-exclusive/how-syriza-stopped-worrying-and-learned-to-love-the-status-quo/